domingo, 11 de marzo de 2012

Bobby Fischer: la infancia del pequeño diablo

Vuelvo a retomar mi blog que abandoné hace un par de años con artículos curiosos que veo por la red.
Hoy os traigo esta entrada de jotdown dobre el -en mi opinión- mejor ajedrecista de todos los tiempos: Boby Fischer.


Mediados de los años cincuenta. Una pareja de chavales camina por las calles de Nueva York. En mitad del ajetreo urbano nadie repara en su presencia. Los transeúntes, los policías, los trabajadores de las obras públicas; cualquiera que se cruce con ellos ve solamente a dos adolescentes. Porque eso es lo que son, sólo dos chicos de trece años. Pero la gente poco puede sospechar que uno de ellos se convertirá, en el transcurso de sólo un par de años, en uno de individuos más famosos del país. Y al cabo de algunos años más, en una de las mayores celebridades de todo el planeta. Es el más delgadito, de cabello castaño, vestimenta humilde y aspecto ligeramente desaliñado. Se llama Robert James Fischer y está a punto de irrumpir en la Historia cuando aún no tenga edad para afeitarse; el mundo, de hecho, lo conocerá para siempre con el diminutivo de “Bobby”.

Los dos chiquillos que deambulan juntos por las abarrotadas aceras son amigos y comparten una misma pasión: el ajedrez. Se han conocido participando en diversos torneos juveniles y cada vez que se encuentran suelen pasar bastante tiempo juntos. Uno de ellos se acaba de trasladar desde California hasta Nueva York, porque es la meca ajedrecística de los Estados Unidos. El otro, Bobby, ha crecido en esta misma ciudad, donde ya es un habitual en los clubes de ajedrez, de hecho suele saltarse las clases del colegio para poder participar en los torneos.

Este día, un día de primavera de 1956, los dos jovenzuelos se dirigen al sur de Manhattan. Nueva York es una metrópolis inmensa, pero su mundo —el microcosmos del ajedrez— es relativamente pequeño, repartido a lo largo de unas cuantas calles. Cerca de la 5ª Avenida, casi camuflado en una tranquila entrada de semisótano, está el Marshall Chess Club, uno de los clubes de ajedrez más importantes de la ciudad, que es a donde hoy se dirigen los dos jóvenes jugadores de nuestra historia. A unas pocas calles del club está el parque de Washington Square, donde suelen reunirse ajedrecistas de toda índole para echar unas partidas al aire libre; también allí se ha dejado ver el joven Bobby bastante a menudo. Un par de manzanas más allá —prácticamente a la vista del parque— hay varias legendarias tiendas de material ajedrecístico, como el Chess Forum, que es probablemente uno de los comercios más bonitos del mundo aunque sólo sea por lo que contiene tras sus coquetos escaparates; o el Village Chess Shop, donde a veces podemos ver a gente jugando en la misma acera, ante mesas situadas junto a la puerta del local como si fuese la terraza de un café. Los dos escolares transitan, pues, por el auténtico corazón del ajedrez neoyorquino. Caminan en silencio, y en ese momento, uno de ellos —que ha estado reflexionando durante un rato— parece tener un momento de revelación sobre su futuro. Su juego ha estado mejorando en los últimos meses de manera considerable, pero ahora su mirada va más allá y siente que se ha abierto una nueva puerta ante él. Todavía no ha cumplido los catorce años pero puede notarlo: está hecho para la grandeza.  Así lo recordaba después su acompañante y amigo, Ron Gross:
“Bobby y yo nos hicimos amigos. Solíamos vagabundear juntos por la ciudad. A veces íbamos al club Marshall para jugar un torneo de partidas rápidas, cosas por el estilo. Un día nos dirigíamos juntos a Manhattan porque ambos participábamos en un pequeño torneo temático sobre la apertura Ruy Lopez. De repente, Bobby dijo:
— ¿Sabes qué? Puedo ganarles a todos esos tipos.
Yo creí que se refería a la gente del torneo en que estábamos participando, y pensé que lo que estaba diciendo era una perogrullada. No era un torneo muy fuerte, y de hecho ambos habíamos ganado todas nuestras partidas hasta el momento. Pero él no se refería a eso. El se refería a que podía vencer a ‘cualquiera’ en los Estados Unidos. Y a finales de ese mismo año, eso es precisamente lo que hizo”

El hijo de una enfermera

 Regina Fischer, madre de Bobby, fue una mujer
extremadamente inteligente y de carácter bastante difícil.

Regina Fischer era una mujer muy particular. Nació en Suiza, aunque su familia emigró después a los Estados Unidos, donde se hizo ciudadana estadounidense. Muy inteligente e inquieta, había estudiado medicina en la Unión Soviética —además del inglés, hablaba con fluidez ruso, alemán, francés, español y portugués… que se sepa— y se había casado con el físico alemán Hans Gerhardt Fischer, con quien tuvo una hija, Joan. Pero Hans la dejó y Regina volvió a los Estados Unidos para trabajar dando clases o como enfermera; poco dada a la monotonía, solía cambiar a menudo de residencia. Cuando nació su segundo hijo estaba en Chicago y como hoy sabemos ya no vivía con Hans, aunque este era todavía oficialmente su marido y a causa de ello durante muchos años se atribuyó al alemán la paternidad de Bobby. Por entonces, Regina se relacionaba con otro físico, el húngaro Paul Nemenyi, un simpatizante comunista que solía dejar atónitos a quienes se cruzaban en su camino por su prodigiosa inteligencia. Nemenyi había ganado la medalla nacional de matemáticas siendo un adolescente en Hungría, tenía al parecer una memoria fotográfica y destacaba especialmente en pruebas de medición de razonamiento espacial, curiosamente una de las cualidades básicas para un buen jugador de ajedrez. En 1942, cuando el futuro fenómeno Bobby vino al mundo, Nemenyi era la pareja de Regina Fischer. Así lo testimonian incluso papeles del FBI: la policía vigilaba a la mujer porque era una entusiasta activista de la izquierda, de la que incluso se sospechaba —sin fundamento, en realidad— que podía ejercer como espía para los rusos.

La verdadera ascendencia de Bobby, pues, siempre fue una materia confusa. Recibió el apellido Fischer y en su pasaporte constaba el alemán Hans, marido de su madre, como su progenitor legal. Si Paul Nemenyi era su padre, como parece probable por la circunstancias —e incluso por un cierto parecido físico entre ambos— Regina Fischer nunca lo declaró abiertamente y mantuvo el dato en secreto. Cabe recordar que hablamos de los años cuarenta y su madre pensó que convenía registrar al niño como fruto de una pareja todavía legalmente reconocida, y no como el hijo natural de un simpatizante comunista húngaro con quien no estaba casada. ¿Quién fue el padre de Bobby Fischer? Quizá nunca lo averigüemos con total certeza, y la única prueba concluyente sería la genética. Aunque resulta difícil creer que no fuese hijo biológico de Paul Nemenyi, por todo lo que sabemos sobre la vida de Regina Fischer. Lo que con seguridad nunca averiguaremos es si el propio Bobby conocía el dato sobre quién era su verdadero progenitor. Probablemente sí, pero durante su vida raramente se pronunció acerca de sus asuntos personales, y menos sobre las difíciles circunstancias familiares y económicas de su infancia. La única declaración pública al respecto se limitaba a un escueto resumen de la versión oficial:
“Mi padre abandonó a mi madre cuando yo tenía dos años. Nunca lo he visto. Mi madre sólo me ha dicho que se llamaba Gerhardt y que era de origen alemán”

Ni él, ni su madre, ni siquiera su hermana Joan arrojaron nunca demasiada luz sobre este tema. Existen versiones contradictorias que proceden de diversas fuentes relacionadas con la familia, pero resulta difícil saber con seguridad cuánto de verdad hay en cada una de ellas. Lo que sí sabemos es que cuando Bobby tenía cinco años, Regina, siempre inquieta, dejó Chicago y se trasladó con sus hijos a Nueva York… sola, lo cual indica que seguramente también había terminado rompiendo su relación con Nemenyi. Si intentamos componer un cuadro completo de lo que afirman todas esas versiones —aunque a veces choquen entre sí— parece ser que Paul Nemenyi podría no solamente ser el padre, sino que quizá incluso enviaba dinero a Regina Fischer con regularidad, a modo de pensión alimenticia oficiosa —legalmente no estaba obligado, claro— porque se consideraba el padre de la criatura. También parece, si hacemos caso a otros testimonos cercanos a Nemenyi, que el físico visitaba ocasionalmente al pequeño Bobby, sacándolo de paseo como lo haría una especie de tío adoptivo, por lo que parece sin hacerle saber que realmente era hijo suyo. Otros aseguran que el húngaro se mostraba muy preocupado por el modo en que Regina Fischer estaba educando a su hijo, y que llegaba incluso a derramar lágrimas porque no podía ver más a menudo al niño ni tener una relación auténticamente paternal con él. También ha habido personas cercanas al entorno de Joan, la hermana mayor de Bobby, que aseguran que ella dijo en alguna ocasión “Bobby y yo tenemos padres distintos”. Todo esta información, a menudo difícil de comprobar pero que más o menos encaja en un mismo marco —el de la paternidad de Nemenyi— construye un escenario incompatible con la versión oficial de la familia Fischer, donde Paul Nemenyi era ignorado y Hand Gerhardt Fischer era públicamente recordado como el padre biológico del ajedrecista.

Y según cuentan algunos otros, cuando Nemenyi murió —Bobby tenía nueve años— el niño preguntó por su prolongada ausencia y fue entonces cuando su madre, supuestamente, le respondió: “¿No lo sabías? Él era tu padre”.

No cabe duda de que Bobby Fischer ha sido uno de los personajes más psicoanalizados —a distancia, eso sí— de todo el siglo XX y es posible que de toda la Historia, así que frecuentemente se ha elucubrado sobre lo que pudo suponer la ausencia de una figura paterna para él. Durante sus años de gloria —los sesenta y setenta— aún no existía la idea de que la ausencia de un padre no es necesariamente determinante para un niño, y que hay otros factores más importantes en su desarrollo. Sea como fuere, es innegable que todo el asunto de su origen familiar le dolía; Bobby Fischer siempre se negaba a hablar de todo aquello que le había traumatizado o dolido durante sus primeros años, y el asunto de su ascendencia no fue una excepción.

 Bobby Fischer (izquierda) y Paul Nemenyi (derecha).
Aunque nunca fue reconocido como su padre, la
gente no ha dejado de observar un cierto parecido.
Bobby, pues, había nacido en Chicago pero creció como neoyorquino de pro, en un pequeño apartamento de Brooklyn donde convivían su madre, su hermana mayor y él. El niño destacó pronto por una aguda inteligencia, y sabemos también que su madre no sabía muy bien qué hacer con ello. Era una mujer que quería a sus hijos y peleaba por sacarlos adelante, pero que quizá estaba poco conformada para la maternidad en el aspecto emocional. Descrita frecuentemente como poseedora de un carácter conflictivo, afectivamente fría y con cierta tendencia a la paranoia —quizá explicable por el hecho de que había sufrido vigilancia del FBI a causa de sus ideas— no era quizá una madre modélica. Además, solía estar todo el día trabajando para sacar adelante el hogar, algo que generalmente conseguía muy a duras penas entre no pocas apreturas económicas. Los Fischer eran realmente una familia cuya existencia lindaba en la pobreza.
Joan y Bobby pasaban bastante tiempo solos en su diminuto apartamento de Brooklyn. Dado que Joan era cuatro años mayor y no tenían dinero para contratar una persona encargada de cuidar a ambos hermanos, con frecuencia era la propia niña quien se ocupaba de cuidar y entretener a su hermanito. Lo cual no resultaba fácil, ya que el cerebro de Bobby crecía a marchas forzadas, no había muchas distracciones al alcance por motivos monetarios y cualquier actividad parecía quedársele corta. Un buen día, cuando Bobby tenía seis años, Joan subió a casa con una caja de “juegos reunidos” que traía de la tienda de caramelos y juguetes situada en el mismo edificio (a veces se dice que Joan la compró con dinero que le había dado su madre, y a veces se dice que la recibió como regalo del dueño de la tienda, que había simpatizado con la pobre condición de los dos hermanos). Entre otros entretenimientos, aquella caja de juegos contenía un pequeño tablero de ajedrez junto a un folleto que explicaba las reglas más básicas del juego. Ambos hermanos disputaron unas cuantas partidas, pero lo que para Joan era únicamente un pasatiempo fugaz, para Bobby se convirtió en una verdadera obsesión. Es habitual que muchos niños prodigio del ajedrez aprendiesen el juego por influencia de los adultos, ya fuera viéndolos jugar entre ellos o siendo introducidos a la práctica por sus padres y familiares. Pero Bobby Fischer, en una circunstancia que resume a la perfección su futura carrera, descubrió el ajedrez por sí mismo.

La niña pronto se cansó de intentar seguirle el ritmo a su pequeño hermano y dejó de jugar con él. No porque ella no fuese también inteligente; de hecho terminó siendo una pionera de la educación computerizada en la Universidad de Stanford… no había nadie tonto entre los Fischer, desde luego. Pero Bobby siguió absorbido por las sesenta y cuatro casillas, sólo que ahora en solitario porque su hermana prefería hacer también otras cosas, como cualquier niña normal. De hecho, la fijación por el ajedrez de Bobby adquirió proporciones casi patológicas.

Su madre, que observó bastante preocupada el proceso, llegó incluso a consultar con un psiquiatra. El médico le dijo, simple y llanamente, que “el ajedrez no es lo peor con lo que un niño puede obsesionarse”, una verdad a medias que, como sabemos, suele esconder la peor de las mentiras. Quizá hubiese sido conveniente intentar moderar aquella obsesión. Pero, aparte de la poca habilidad de Regina Fischer como madre, en aquellos tiempos no existían demasiadas pautas educativas o psiquiátricas para encaminar a niños con estas características tan peculiares hacia una infancia más normal. Bobby Fischer no sólo era un niño superdotado, sino que destacaba incluso entre los niños con esa condición: cuando se midió su capacidad intelectual en la escuela, deshizo todos los registros archivados en el centro. Durante su vida, Bobby Fischer nunca fue psiquiátricamente diagnosticado: sí sabemos por su conducta que sufrió cierto grado de paranoia en su madurez —que quizá estaba, como la de su madre, parcialmente justificada por la persecución de que estaba siendo objeto— y sobre todo se lo suele citar como un ejemplo paradigmático del síndrome de Asperger. Dicho síndrome parece encajar bastante con lo que sabemos de su figura, pero una vez más son todo conjeturas hechas a distancia. Durante sus años jóvenes, muchas personas de su entorno comentaban las rarezas de Bobby con simpatía —o con antipatía, según el caso— pero jamás nadie fue más allá de considerarlo un tipo con una personalidad extremadamente fuerte y que solía mostrar alguna que otra extravagancia, lo cual tampoco les extrañaba sabiendo lo peculiar que había sido su educación. Lo único cierto, lo que sí sabemos, es que aquella obsesión temprana con las sesenta y cuatro casillas no lo abandonaría, por lo menos, hasta convertirse en el campeón mundial a los veintinueve años.

El niño que lloraba cuando perdía una partida

“A los doce años, sencillamente, me volví bueno”

El pequeño Bobby sólo parecía interesado en el ajedrez o en personas que jugasen al ajedrez, y casi cualquier otro entretenimiento o relación social parecía resbalarle. Eso no significa que no tuviese aficiones propias de otros niños. Vivía en Brooklyn, cerca del estadio de béisbol, así que terminó gustándole bastante aquel deporte. Al parecer acudía ocasionalmente a algún que otro partido y fue siempre un aficionado. También sabemos que se sintió atraído por la moda del rock & roll, y que en años posteriores desarrolló también una afición hacia el jazz. Por su actividad como adulto —le gustaba nadar, jugar al tenis, jugar a los bolos y al pinball, etc.— podríamos deducir que también de pequeño le interesaban estas cosas… siempre y cuando no se interpusieran entre él y los escaques. El tablero absorbía la mayor parte de su tiempo y jugaba contra sí mismo una y otra vez, sin parecer agotarse nunca.


  La concentración y competitividad del pequeño Bobby
dejaban asombrados a propios y extraños.
Pronto, también su juego iría en consonancia.
Cuando Bobby tenía ocho años y viendo que no encontraba manera de alejar a su hijo del ajedrez, Regina Fischer optó por intentar encontrar algún otro niño de su misma edad que compartiese aquella intensa fijación, para que Bobby, al menos, no estuviese jugando siempre solo. Escribió una pequeña nota en la que preguntaba si alguna otra madre de la zona tenía un hijo con parecidas condiciones, y la envió a la sección de anuncios de un periódico local de Brooklyn. Cuando en la redacción del periódico recibieron la nota no la publicaron, porque sencillamente no sabían en qué sección incluirla, pero los trabajadores del diario —bastante sorprendidos por el extraño anuncio— pusieron a la atribulada madre en contacto con gente del mundo del ajedrez. Así, Regina Fischer supo que el maestro Max Pavey iba a ofrecer una sesión de partidas simultáneas en la ciudad, y que jugaría contra cualquier aficionado que quisiera anotarse sin importar la edad: quizá allí Bobby conocería a algún otro niño con el que compartir afición.

Regina anotó a su hijo en la sesión de simultáneas; el pequeño Bobby llegó, ocupó su sitio y perdió a las pocas jugadas. Lloró amargamente por la rápida y fulminante derrota; de hecho después recordaría vivamente aquel momento como un acicate, un impulso para querer mejorar. Aquel día no conocieron a ningún niño de la misma edad, pero la sesión de simultáneas no terminó en vano: la insólita presencia de Bobby no pasó desapercibida entre la gente del mundillo y el presidente del Brooklyn Chess Club, Carmine Nigro, reparó en su actitud y creyó detectar ciertas condiciones en el pequeño. Habló con Regina Fischer, invitó a Bobby a anotarse en su club, donde podría practicar bajo supervisión, conocer a otros niños ajedrecistas, tener acceso a libros, etc. Él aceptó feliz la posibilidad de inscribirse en un verdadero club de ajedrez y Carmine Nigro se convirtió así en el primer entrenador de la vida de Bobby Fischer, aunque en esencia puede afirmarse que el jugador fue siempre fundamentalmente autodidacta.

Nigro creía en el talento de su nuevo pupilo y no era el único, aunque antes de los trece años Bobby no destacó particularmente ante los tableros, ni siquiera entre el grupo de jugadores de su edad. Es más, hasta cumplir los doce nunca fue considerado la mayor promesa de su generación de jóvenes ajedrecistas, ni mucho menos. No fue un niño prodigio especialmente brillante y su curva de aprendizaje fue, en un principio, relativamente lenta dadas sus enormes condiciones. Sin embargo, en el transcurso de poco más de un par de años, Bobby Fischer pasó de no llamar la atención entre los demás chavales de su edad a situarse directamente entre los mejores ajedrecistas del mundo.

1956 fue el año en que el juego de Fischer explotó prácticamente desde la nada para hacerlo aparecer por primera vez en las revistas especializadas sobre ajedrez, no sólo del país sino de todo el mundo. Y la culpa la tuvo una de sus partidas más brillantes, la que hoy se suele recordar como “la partida del siglo”. Cuando cumplió los doce años, su juego empezó a progresar espectacularmente. Su amigo Ron Gross, que por lo general le había vencido casi siempre que jugaban (“Bobby no era mal perdedor; sólo volvía a poner las piezas sobre el tablero en silencio, era un luchador nato”) pasó unos meses sin verlo, y al reencontrarse comprobó sorprendido que ahora era Bobby quien le ganaba con facilidad a él. El pequeño Fischer empezó a escalar rápidamente en los rankings y súbitamente se convirtió en una promesa a tener en cuenta. Primero se convirtió en el campeón juvenil de los Estados Unidos con trece años recién cumplidos, siendo el más joven en conseguirlo hasta entonces (ningún otro jugador lo ha vuelto a lograr a tan temprana edad). Arrasó en la competición con un resultado de +8=1-1, es decir, perdiendo sólo una partida ante jugadores mayores que él.

Después, dada su emergencia como nuevo talento, pudo participar en un par de competiciones adultas de magnitud bastante aceptable, los torneos Open de EEUU y Canadá. En ambos obtuvo posiciones discretas, a mitad de la clasificación, pero que resultaban bastante impresionantes si tenemos en cuenta su edad (puntuaciones finales de 8’5 sobre 10 y 8’5 sobre 12). Naturalmente, su presencia en estos eventos despertaba la curiosidad de los demás participantes y de los aficionados que se habían acercado a seguir las partidas. No hasta el punto de convertir su figura en objeto de fascinación todavía, porque no era la primera vez —ni sería la última— en que jovencísimas promesas del ajedrez eran invitadas a torneos de cierta categoría. Su asistencia a dichos torneos no significaba necesariamente nada especial: muchos “niños prodigio” que habían pasado como invitados especiales por torneos similares no habían evolucionado adecuadamente y desaparecían luego sin dejar rastro en el ajedrez adulto. No obstante, se observó que su juego resultaba, si bien todavía inmaduro, apreciablemente sólido.

 El pequeño Fischer se convirtió en la atracción de cualquier torneo que pisara.


Fischer llamaba también la atención por su figura. Era un muchacho delgado, de aspecto inquieto pero más bien callado, que mientras se sentaba ante el tablero solía juguetear nerviosamente con una medalla de identificación médica que su madre solía hacerle llevar al cuello; aquella manía de dar vueltas a la chapita metálica entre sus dedos se acentuaba cuando iba perdiendo o se hallaba ante una posición complicada. Llevaba el cabello cortado a tijera, evidentemente no por ningún peluquero profesional, y vestía con ropa visiblemente barata y desgastada. Su origen humilde, económicamente hablando, saltaba a la vista, y eso era algo que como supimos después lo avergonzaba bastante. En el futuro Bobby fue muy reacio a hablar de las condiciones más bien precarias en que habían crecido su hermana y él, aunque gente de su entorno afirma que no desconocía la experiencia de irse a dormir sin haber tenido apenas nada que cenar. En la América boyante de los años cincuenta, la figura de aquel chiquillo pobretón de Brooklyn despertaba intensas simpatías entre los asistentes a los torneos. Su pobreza, unida a su inmenso talento, lo convertían en un personaje  novelesco.

Tras su aceptable paso por los Open de EEUU y Canadá, la manera en que su posición en los rankings estaba creciendo a pasos agigantados hizo que lo invitaran a un torneo todavias más potente: el trofeo Rosenwald, en el que teóricamente sólo obtenían plaza los doce mejores ajedrecistas del país. La puntuación de Fischer no lo situaba todavía en ese grupo de privilegio, pero estaba progresando con tal rapidez que los organizadores decidieron hacer una excepción y recibió una invitación especial para asistir al evento. Señal de que ahora sí se lo empezaba a considerar algo más que simplemente un adolescente prometedor como cualquier otro. Empezaba a ser visto como un pequeño fenómeno. Y él iba a responder, y de qué manera.

Fischer no obtuvo una puntuación demasiado descollante en aquel torneo, lo cual resultaba lógico dado el alto nivel medio de los participantes. El chaval sólo ganó dos partidas y obtuvo algunas tablas, un resultado bastante más que digno si tenemos en cuenta el resto de nombres del plantel. Allí estaba el Gran Maestro Samuel Reshevsky, un antiguo niño prodigio en Polonia que había huido a los Estados Unidos para dominar el ajedrez norteamericano y que había sido uno de los poquísimos jugadores occidentales —si bien occidental de adopción— que había sido capaz de crearles alguna mínima inquietud a los soviéticos. También había otros jugadores muy potentes como Arthur Bisguier, Edmar Mednis, Donald Byrne, etc. Ver a un chaval de trece años ante aquella constelación de grandes ajedrecistas nacionales era todo un espectáculo y lógicamente se convirtió en la atracción durante la celebración de las partidas: en torno a su mesa se reunían los demás jugadores, que pasaban frecuentemente a comprobar cómo le iba al niño. Toda esta interesante novedad se disparó al infinito y se convirtió en incrédulo asombro con una de las partidas jugadas por el pequeño Fischer, la partida que anunciaba la verdadera magnitud de su talento y que aún hoy sigue siendo una de las más difundidas y citadas de la historia del ajedrez.

En la octava ronda, Fischer se enfrentaba a Donald Byrne, un Maestro Internacional —hermano del Gran Maestro Robert Byrne— y como de costumbre había bastante expectación en torno a él, porque incluso cuando perdía resultaba obvio que tenía unas condiciones fuera de lo normal. El chaval de Brooklyn ocupaba una de las últimas posiciones de la tabla, como era de esperar, pero la relativa solidez de su juego —al menos considerando su edad y su inexperiencia— había suscitado ya muchos comentarios altamente favorables entre bastidores. Sabían que el chico era un diamante en bruto, pero lo que nadie podía imaginar era lo que iban a presenciar en aquella nueva jornada.


Partida
Transcripción de las jugadas de la partida contra Byrne,
del puño y letra del propio Bobby, y un diagrama con
el movimiento de alfil que le valió la inmortalidad a los trece años.

Byrne, que salía con blancas, empezó a desarrollar sus piezas y durante unos cuantos movimientos jugó con cierta alegría, mostrándose condescendiente con su rival infantil, algo de lo que —francamente— resulta difícil culparle. El maestro renunció a enrocarse, dejando su rey al descubierto, confiando claramente en que dada su experiencia podría resolver sobre la marcha cualquier pequeña dificultad que su jovencísimo rival fuera capaz de plantearle. Una actitud imprudente aunque comprensible dadas las circunstancias… y por la que terminaría pagando un alto precio. Iba a convertirse en la primera de una larga lista de futuras víctimas del huracán Fischer. Como decimos, las primeras diez jugadas de la partida no trajeron nada de particular excepto este detalle de la confianza en sí mismo de un maestro consagrado frente a un escolar que aún llevaba colgando una medallita médica.

Pero ya tan pronto como en el decimoprimer movimiento comenzaron las sorpresas inesperadas. Fischer dejó un caballo indefenso en un extremo del tablero, en lo que a primera vista parecía un regalo a cambio de nada… pero Byrne no podía capturar la pieza, porque tras analizar el extraño “regalo” se dio cuenta de que haciéndolo se arriesgaba al desastre. Aquel sacrificio de caballo que Byrne no podía aceptar —según escribió después el campeón mundial Mihail Botvinnik, un “movimiento pasmoso y sensacional” y según el ajedrecista y famoso escritor especializado Fred Reinfeld “una de las jugadas más poderosas en la historia del ajedrez”— hizo que la partida adquiriese un súbito interés añadido. Apenas habían empezado a jugar y ya estaban pasando cosas extrañas sobre aquel tablero. Aquel chico sabía tender trampas demoníacas tan intrincadas como las de un maestro adulto. El talento de Fischer estaba gestando su propio Big Bang.

En las jugadas siguientes, Fischer comenzó a organizar un ataque que a los espectadores de la partida les parecía tan inconexo e incierto como intrigante. El niño logró su objetivo inicial de impedir que Byrne se enrocase para proteger a su rey. Si la undécima jugada, aquel sacrificio de un caballo, ya había despertado asombro y había regalado a los presentes un momento de espectacularidad digna de Hollywood, lo que estaba a punto de suceder iba a desbordar las posibles expectativas no ya de los asistentes al torneo, sino del mundo del ajedrez en pleno. Conforme avanzaba la partida, metido en inesperados problemas cuya naturaleza no acababa de entender, Byrne se esforzaba por defenderse del difuso pero amenazante plan de su insignificante adversario. Amenazó la dama de Fischer, pensando —como lo pensaban todos en la sala— que cualquier jugador, y muy especialmente un jugador tan joven, haría cualquier cosa por salvar a la más valiosa de sus piezas ofensivas.

Pero con su dama en peligro ante un maestro consagrado, el ajedrecista que aún acudía al colegio hizo algo que en aquel mismo instante nadie excepto él pudo entender. Renunciando a salvar a su dama como hubiera sido de esperar, movió un alfil en una jugada a primera vista sin mucho sentido, iniciando una de las combinaciones más famosas de la historia del ajedrez (y teniendo en cuenta de quién provenía y cuál era su edad, también una de las más geniales). Era tal la profundidad de la jugada, que ni siquiera los maestros que contemplaban el juego pudieron captarla. Los jugadores presentes intercambiaron miradas de perplejidad y decepción: ¡qué lástima! El chaval lo había estado haciendo de maravilla pero finalmente había sucumbido a la presión y se había equivocado, entregando su dama a cambio de un ataque más bien incierto. Ahora, todo lo que Donald Byrne tenía que hacer para salir de apuros era capturar esa dama y sacar provecho de la superioridad de piezas.


 Que un chaval talentoso ganase a un maestro en un descuido,
entraba dentro de lo posible. Pero que lo hiciera con jugadas
dignas de un genio resultaba sencillamente impensable.



Eso fue un juicio equivocado, emitido a primera vista por quienes contemplaban la partida pero no la estaban jugando. Pues Donald Byrne, el rival de Bobby, no respondió rápidamente a aquella jugada que a los espectadores les parecía tan clara. De hecho, pasó más tiempo del esperado pensando su siguiente movimiento, con el rostro contraído en una mueca de intensa concentración. El maestro estaba atónito: al buscar las implicaciones del extravagante movimiento de Fischer —un movimiento tan inesperado que lo había obligado a volver a analizar todo el tablero— él también lo había visto. Resulta difícil imaginar lo que sintió un ajedrecista importante en el irreal instante en que, ante sus propios ojos, un chiquillo de trece años desplegaba un plan de ataque no ya digno de un gran jugador, sino sencillamente de un genio con mayúsculas. Después de aquel movimiento de alfil, el tablero parecía haberse teñido completamente de negro ante los ojos de un atónito Donald Byrne.

El maestro descubrió que aceptar el insólito sacrificio de dama su jovencísimo rival era una mala idea, pero que rechazarlo ¡era una idea todavía peor! De manera casi inexplicable, un jugador de prestigio internacional se encontró con que no tenía salidas buenas frente a un simple escolar que no llevaba pantalones cortos de milagro. Byrne, tras mucho meditar, optó por la opción menos mala, esto es, capturar la reina que su rival le ofrecía. Pero para entonces ya no había remedio: Fischer, sin importarle haber perdido su más importante pieza, inició una serie de jaques consecutivos con los que diezmó las defensas de su adversario, mientras los asistentes observaban completamente incrédulos al espectáculo, dándose cuenta de que aquella partida había estado escapando a cualquier concepto preestablecido. Byrne, aun entendiendo que iba a perder, no se rindió y siguió jugando… probablemente para que el joven Bobby pudiera lucirse llegando al jaque mate final, cosa que inevitablemente hizo.

Al terminar la partida, una vibrante excitación flotaba en el recinto. Todos eran conscientes de haber sido testigos de un momento único; ya podían intuir que lo que aquel endemoniado Bobby Fischer acababa de hacer sobre un tablero tenía tintes posiblemente históricos. Le hicieron reproducir la partida ante las cámaras y de hecho terminaría ganando el premio a la partida más brillante del torneo (no es que fuera una de las más bellas de aquella competición, ¡es una de las más bellas de la historia!). Al día siguiente, el analista de ajedrez de un periódico local tituló su crónica como La partida del siglo, nombre con la que se la conoce hasta hoy. No sólo por lo mágico de su juego —obviamente, a lo largo de todo el siglo XX hay otras muchas partidas candidatas a ese título— sino por el hecho de que no hubiese sido un Gran Maestro sino un mocoso de trece años el autor de semejante sinfonía ajedrecística.

Durante las semanas siguientes, distintos análisis de la partida comenzaron a circular por las publicaciones especializadas en ajedrez de todo el planeta. Era la primera vez en que el nombre Bobby Fischer se dejaba oír con fuerza en el mundillo: si bien obtener el campeonato nacional Junior a los trece años había sido un notable logro, no había sido algo digno de provocar resonancia mundial. Sin embargo, el que a su edad pudiese haber urdido una profundísima estrategia como lo había hecho frente a un jugador de alto nivel como Donald Byrne era ya harina de otro costal. Aquello era una demostración de un potencial inmenso.

En la URSS recibieron las primeras noticias sobre la partida con escepticismo. Sabiendo la desesperación de los círculos ajedrecísticos occidentales por romper la hegemonía de los maestros rusos, pensaron en un primer momento que todo podría tratarse de un simple “hype”. El típico caso de jugador joven y prometedor ante quien un maestro juega demasiado descuidadamente y pierde; lo de confiarse ante un chaval brillante y terminar perdiendo le puede suceder a cualquiera. Tal vez trece años sea una edad muy joven, pero en ajedrez un error es un error y puede conducir a una derrota aun ante un niño, con tal de que éste domine medianamente el juego. Sin embargo, cuando los soviéticos leyeron la trascripción de la partida quedaban tan asombrados como los propios norteamericanos. Aquella partida era una auténtica joya, algo comparable a las creaciones más legendarias del pasado, algo que nadie podría producir por casualidad: un burro puede soplar una flauta por mera coincidencia, pero la coincidencia no le permitirá componer una ópera. La capacidad de análisis y el nivel de profundidad del plan empleado por Fischer iban muchísimo más allá de la simple anécdota de un jugador joven que había vencido a un maestro descuidado. Aquello era necesariamente la obra de un genio. El despliegue de visión y profundidad demostrado en aquellas jugadas eran impropios no ya de un adolescente, sino de la mayor parte de jugadores profesionales del mundo.


Como dijo el Gran Maestro soviético Yuri Averbach sobre sus impresiones tras leer y analizar la “Inmortal de Fischer”, cualquier escepticismo quedaba completamente anulado: “cuando vi la partida, supe que aquel Fischer tenía un talento verdaderamente diabólico”. Bobby Fischer acababa de entrar en la historia del ajedrez por la puerta grande, o más bien como elefante en cacharrería, dando un espectacular golpe de mano. Pero no sería el último de sus golpes. El los meses siguientes, el hijo de una enfermera separada, el prodigio de Brooklyn que había aprendido ajedrez con el folleto de unos “juegos reunidos”, iba a establecer marcas que tardarían décadas en ser igualadas y que en algunos casos quizá no lo sean nunca.


“En el colegio, Bobby estaba siempre callado y poco interesado en las clases. De vez en cuando sacaba su pequeño tablero de bolsillo y se ponía a jugar algunas partidas. Invariablemente era descubierto por el profesor, quien le decía: «Fischer, no puedo obligarte a escuchar la lección ni puedo impedir que juegues al ajedrez, pero hazlo por mí y por favor deja el tablero». Bobby, cortésmente, dejaba el tablero a un lado y se quedaba sentado en un pétreo silencio. Y todos sabíamos, incluido el profesor, que seguía jugando al ajedrez en su cabeza”

El pequeño Bobby se sentía preparado para hacer del ajedrez su vida y centrar en ello todos sus esfuerzos de cara al futuro. Si bien antes de los doce años no había sido un niño prodigio como tal, al menos no uno especialmente brillante, entre los trece y los quince años experimentó un proceso de explosión ajedrecística completamente inaudito en un adolescente de esa edad.

Después de que su espectacular partida contra el maestro Donald Byrne hubiese recorrido las publicaciones especializadas de todo el mundo, haciendo que su talento en ebullición fuese entusiásticamente reconocido por varios los más importantes maestros hasta en la Unión Soviética, el todavía niño pensaba que era momento de dar el salto definitivo a la competición adulta. No ya sólo como invitado especial en algún que otro torneo, sino como participante de pleno derecho. No se trataba únicamente de un impetuoso deseo del siempre competitivo Bobby, sino que su ascenso en los rankings empezaba a respaldar su decisión. No quería seguir jugando ajedrez para niños. Porque, de hecho, no jugaba ajedrez para niños.

1957 fue el año en que se produjo ese salto. Aunque, eso sí, empezó participando una vez más en el Campeonato Junior de los EEUU, donde —como todo el mundo esperaba— volvió a arrasar. La organización del campeonato, por cierto, cometió el desliz de ofrecer exactamente el mismo premio que el año anterior: una máquina de escribir. Detalle que no hizo muy feliz a Bobb… ahora poseía dos mecanográficas exactamente iguales. Aquella sería la última ocasión en que Fischer se dejaría ver en una competición juvenil. Las competiciones juveniles se le habían quedado pequeñas, simple y llanamente.

Tras aquel segundo título junior empezó a centrarse únicamente en torneos adultos. Volvió al US Open, donde el año anterior había obtenido un aceptable resultado, aunque esta vez superó las expectativas y quedó clasificado en primer lugar. Ya por entonces había empezado a recibir invitaciones del extranjero —por ejemplo, se desplazó brevemente a Cuba para un torneo de exhibición— pero las declinó para poder inscribirse por primera vez en el Campeonato de los Estados Unidos, donde se enfrentaría a los doce mejores jugadores del país, algo a lo que ya tenía derecho gracias a su veloz avance en el escalafón. No había finalizado el colegio y ya competía por la corona nacional.

 Bobby junto a Jack Collins, con cuya familia pasaba
bastante tiempo, Collins fue una de las personas
más cercanas a él durante su vida.

 Durante años, el campeonato estadounidense había estado dominado por un pequeño puñado de nombres, las auténticas fuerzas vivas del ajedrez estadounidense: Larry Evans, Arthur Bisguier, Arnold Denker y muy especialmente el veterano Gran Maestro Samuel Reshevsky, principal dominador de los escaques americanos y uno de los escasísimos jugadores occidentales que había podido crear cierta inquietud a los todopoderosos soviéticos. Todos esos grandes jugadores iban a estar presentes en el Campeonato de 1957. Ahora Bobby ya no estaría rodeado de juveniles —aunque incluso entre los juveniles, él había sido el más pequeño— sino de campeones consagrados que en algún caso tenían incluso reputación mundial. Sin embargo, como se pondría de manifiesto muchas veces en el futuro, aquello era algo que lo preocupaba más bien poco. El enfrentarse al status quo nunca fue algo que lo intimidase ni siquiera a tan temprana edad. Ya se había demostrado a sí mismo que podía vencer a ajedrecistas consagrados; llevaba desde los ocho años derribando murallas para intentar ser cada vez mejor y aquellos prestigiosos nombres eran sólo nuevas murallas que intentar derribar. Asi que, lejos de acudir a aquella su primera gran competición acomplejado o acobardado, el chaval flacucho de Brooklyn se presentó repleto de confianza en sí mismo.

Las previsiones en torno a su papel anticipaban una actuación “discreta”, en paralelo con la que había obtenido en el torneo Rosenwald del año anterior, el único evento al que había acudido que había sido —más o menos— comparable en magnitud. Por ejemplo, uno de sus inminentes rivales, Arthur Bisguier (que había ganado el título un par de años antes para volver a perderlo frente a Reshevsky) vaticinó: “Bobby debería finalizar ligeramente por encima de la mitad de la tabla. Es, muy posiblemente, el más dotado de todos los jugadores del campeonato, pero aun así no tiene suficiente experiencia en torneos de esta consistencia y fuerza”. Una previsión razonable, con la que probablemente todo el mundo hubiese estado de acuerdo.

Todo el mundo, excepto uno. Bobby Fischer llegó, vio y venció. Sin perder una sola partida (+8=5-0) y reduciendo a escombros el establishment ajedrecístico norteamericano, se proclamó campeón absoluto de los Estados Unidos. Fue, ni que decir tiene, el jugador más joven de la historia en conseguir semejante hazaña. Ya era oficialmente el mejor ajedrecista del país. Con ello, además, se ganaba una plaza para participar en su primera gran competición internacional, el Torneo Interzonal, donde los mejores jugadores profesionales de los cinco continentes peleaban por una oportunidad para disputar el campeonato mundial. Bobby Fischer había pegado una patada en la puerta de la élite, dispuesto a colarse entre los mejores.
Tenía catorce años.

…y todos sabíamos que estaba jugando partidas en su cabeza

“Bobby era muy intenso, se lo tomaba todo muy en serio, pero cuando algo le parecía gracioso tenía una gran risa. Es como si intentase retenerla, pero de repente soltaba esa gran y explosiva carcajada, como si fuese una vía de escape. Siempre nos llevamos bien. Él podía ser divertido, pero el asunto era casi siempre el ajedrez (…) Fischer era un buen chico, aunque muy ingenuo en cualquier cosa que no fuese el ajedrez. Todo era ajedrez para él, cada momento del día” (Ron Gross, amigo de la infancia)

Pese a la precaria condición económica de su familia, la mediación de la gente del mundillo ajedrecístico de la ciudad permitió que Bobby Fischer pudiese acudir a una importante escuela privada neoyorquina. Conociendo el talento de Bobby, lo pusieron en contacto con la escuela y le instaron a solicitar una plaza. Para decidir la posible admisión de Fischer, la dirección del Erasmus Hall le realizó pruebas que medían su capacidad intelectual… y dado que obtuvo una puntuación superior a la de Albert Einstein, el colegio, claro, tuvo a bien admitirlo como alumno con una beca que eximía a su madre de pagar los altos costes de matrícula. El hecho de que se airease públicamente el CI que obtuvo en su infancia —un dato frecuentemente citado por la prensa cada vez que se hablaba de él— siempre pareció incomodar a Fischer. Aparte de que el público se tomase aquella puntuación como una especie de número inmutable tallado en piedra (cosa que no es, ya que el CI se trata más bien de una indicación aproximada e incompleta de las capacidades intelectuales generales) Fischer nunca se prestó a repetir ese tipo de pruebas y en su edad adulta afirmó no saber cuál era su cociente intelectual.

Aun con su prodigiosa inteligencia, las clases en el selecto colegio Erasmus Hall no le aprovechaban demasiado. Bien es cierto que no era un alumno conflictivo. Pese a la imagen de enfant terrible que se ganó en años posteriores, el escolar Bobby Fischer era más bien un niño callado, educado y de aire ausente. Pero no era un buen estudiante. Le costaba mucho prestar atención, se pasaba horas y horas con la mente perdida en el ajedrez. Y cuando no estaba pensando en ajedrez, estaba haciendo dibujos de monstruos, “garabatos elaborados” o escribiendo letras de canciones. Sus profesores lo recordarían pues como un mal alumno y un niño retraído y más bien poco sociable, que solía dar un brinco de alegría cuando sonaba el timbre que señalaba el final de las clases. Tenía intereses no muy inusuales para un niño de los años cincuenta: la astronomía, los dinosaurios, etc. pero no mostraba demasiada facilidad para relacionarse. Además de su particular carácter y de su anómala inteligencia —frecuentemente citados como causas de cierta inadaptación— hay que tener en cuenta otro detalle que por lo general se omite: Fischer era un niño pobre en un colegio privado donde la mayoría de los alumnos provenía de familias acomodadas, cuando no directamente ricas. A esas edades, es algo que bien puede marcar las diferencias.

Bobby sólo obtenía buebnos resultados en las pocas asignaturas que captaban su interés, o en aquellas para las que tenía una facilidad especial. Por ejemplo, se le daban particularmente bien las clases de español. En ellas no tenía que esforzarse ni atender, ya que heredó (en parte) la facilidad para los idiomas de Regina Fischer, su políglota madre. Pero salvo estas excepciones, su desempeño académico dejó mucho que desear y sus notas eran malas.

Los pocos retazos que nos llegan del retrato del Bobby Fischer en su etapa escolar proceden a veces de fuentes tan curiosas como inesperadas. Por ejemplo, una de sus compañeras de clase se llamaba Barbara Streisand, quien años después se convertiría en una de las actrices y cantantes más famosas del mundo. Cuando también Fischer era famoso, Streisand confesó que había sido amiga de Bobby en el colegio y que había experimentado un típico enamoramiento adolescente hacia él. La cantante dijo que Bobby era, como ella misma, un inadaptado dentro del aula. Contaba que solían almorzar juntos todos los días y recordaba a Bobby, o bien riendo a carcajadas mientras leía la revista humorística Mad, o bien —más habitualmente— completamente callado y con la mirada perdida en el infinito: “Fischer estaba siempre solo y era muy peculiar, pero a mí me parecía muy sexy”.

Al parecer, el amor platónico de la Streisand no fue correspondido y se quedó en una simple amistad. Después de que la actriz contase la anécdota a los medios se produjo una inevitable ola de curiosidad sobre la insólita coincidencia escolar entre dos de las personas más famosas del país. La prensa, de hecho, preguntó a un Fischer ya adulto sobre su amistad adolescente con Barbara, y él respondió con su característico escapismo, habitual a la hora de afrontar las cuestiones más personales:

Reportero: ”Bobby, ¿es verdad que cuando estabas en la secundaria, Barbara Streisand era una de tus compañeras de clase?” 
Fischer: “¡Eso he oído! Recuerdo una chica de aspecto tímido, quizá era ella, no lo sé. ”
Reportero: “Ella era tu mejor amiga, de acuerdo a las informaciones.” 
Fischer: “No, no lo creo, no, no. No, en absoluto.”


Barbara Streisand fue compañera de clase y al parecer mejor
amiga de Fischer en la escuela, aunque él después negaba recordarla.


Aunque probablemente sí recordaba bien a Barbara Streisand y más si habían tenido cierta relación cercana —el ajedrecista nunca se caracterizó precisamente por su mala memoria— sabemos que Fischer detestaba ser objeto de cotilleos, así que tampoco resulta extraño que negase enfáticamente que la cantante hubiese sido su mejor amiga en el colegio. Era una manera como cualquier otra de detener las elucubraciones de la prensa.

Sea como fuere, el expediente escolar de Bobby Fischer fue bastante pobre y sólo permaneció en los estudios hasta los dieciséis años, es decir, la edad legal hasta la que estaba obligado a asistir a clases lo quisiera o no. La única formación que le interesaba era la relacionada con el ajedrez —ahí sí se aplicaba con férrea determinación— y afirmaba sin tapujos que “el colegio es inservible, aquí no te enseñan nada”. Nada relacionado con el ajedrez, evidentemente. En su casa, en cambio, era capaz de pasarse horas estudiando teoría ajedrecística sin parar, aplicando una energía y disciplina de la que carecía completamente en los estudios del colegio. Incluso aprendió ruso para poder entender los mejores libros sobre ajedrez del momento —los manuales soviéticos—, a lo cual ayudó el que Regina Fischer, que había estudiado en Rusia, escuchase habitualmente Radio Moscú en el domicilio familiar. Pero Bobby no desarrollaba la misma fluidez en los idiomas que su madre, para él eran un instrumento más orientado, cómo no, al tablero; dejaba de esforzarse por aprender ruso en cuanto sabía lo suficiente como para poder manejarse en aquello que le interesaba. Su madre hablaba un perfecto ruso, pero los ajedrecistas soviéticos recuerdan que aunque Bobby Fischer leía y entendía bien el ruso, lo hablaba de forma más bien titubeante e insegura.

Aquella fijación fanática por la práctica y el estudio continuos del juego —unida, por supuesto, a sus extraordinarias condiciones naturales— fue lo que, con los años, permitió a Bobby Fischer romper la hegemonía soviética prácticamente en solitario, revolucionando el ajedrez. Aunque durante sus primeros años tuvo mentores y entrenadores, como Carmine Nigro o Jack Collins —con quien tuvo además estrecha relación personal, siendo lo único (muy) remotamente parecido a una figura paternal— fue básicamente un autodidacta. Para él los entrenadores eran una ayuda más, como los manuales o los torneos de práctica, pero en realidad Fischer se entrenaba a sí mismo. A cualquier otra persona le resultaba imposible intentar imponerle un programa de aprendizaje. Era él quien se imponía su propio programa según su propio criterio, y este criterio consistía en no separarse de su tablero.


Bobby viaja a la Unión Soviética

“Cuando empecé, los rusos eran mis héroes”(Bobby Fischer)
“Esperaba encontrar a un jovenzuelo vestido de forma estrafalaria, haciendo comentarios groseros todo el tiempo, pero fue un enorme placer encontrarme a una persona tan distinta”(Alexander Kotov)

A los quince años, Bobby estaba clasificado para el Torneo Interzonal que iba a celebrarse en Portoroz, Yugoslavia. Es decir, iba a formar parte de la más alta competición ajedrecística del planeta. Pero existía un serio problema: no disponía de dinero para efectuar el viaje. El ajedrez norteamericano, a diferencia del soviético, no era realmente profesional e incluso alguien como Samuel Reshevsky trabajaba como contable. Y Bobby, un escolar de familia humilde, no podía financiarse la aventura internacional. Es más, los soviéticos le habían ofrecido visitar Moscú acompañado de su hermana Joan (quien por entonces contaba diecinueve años) antes del Interzonal, pero probablemente desconocían que Bobby no tenía con qué pagarse los billetes de avión. Sin embargo, pese a este inconveniente, él mostraba su determinación:
“Iré aunque tenga que ser nadando”


Las autoridades soviéticas tuvieron que llamar a Petrosian
porque el pequeño Bobby estaba fulminando a todo el quese cruzaba en su camino en el Club de Ajedrez de Moscú.

Regina Fischer, tras entender que no conseguiría separar a su hijo del ajedrez, había dado un giro de ciento ochenta grados y ahora se dedicaba a respaldar con entusiasmo la incipiente carrera de Bobby (por ejemplo acompañándolo a los torneos, algo que incomodaba bastante al joven jugador). Organizó una colecta y rápidamente recaudó el dinero necesario para el viaje, dado que su retoño ya se estaba empezando a hacer célebre como una especie de nuevo Einstein americano. Pero Bobby entró en cólera cuando se enteró. Aquella era la primera muestra de una de las características típicas de su personalidad: jamás aceptaba lo que él consideraba un acto de caridad pública. Aquel dinero le parecía el vergonzoso producto de las súplicas de su madre y el orgullo le impedía aceptarlo, lo cual —podemos aventurar— estaba íntimamente relacionado con el cómo había vivido las malas condiciones económicas de su hogar, y quizá también con su experiencia en el Erasmus Hall, rodeado de alumnos adinerados. Tal fue su disgusto al conocer la colecta, que hizo que su madre devolviese todo lo recaudado. Prefería, literalmente, no acudir a Portoroz que usar el dinero que su madre había mendigado sin su conocimiento. Y de nuevo estaba sin blanca.

Fue, curiosamente, un programa de televisión el que salió al quite. El tímido Bobby fue invitado al programa I’ve got a secret, haciendo una breve aparición en la que un concursante tenía que adivinar quién era Fischer y por qué estaba allí (el motivo, obviamente, era su precoz título de campeón nacional). La filmación es una pieza de museo, vemos al joven Fischer siendo él mismo, y no resulta difícil entender por qué despertaba simpatía entre los ajedrecistas adultos. Aparece en el estudio algo avergonzado pero pronto a sonreír, ligeramente fuera de lugar, y todavía lo rodea un aura decididamente infantil: los maestros que lo conocían, de hecho, siguieron viéndolo como un niño durante bastantes años, conociendo su inmadurez emocional. En la filmación, Bobby sonríe abiertamente cuando alguien de entre el público le jalea por ser de Brooklyn, y da las gracias asombrado cuando le entregan por sorpresa los billetes de avión para que su hermana y él viajen a Moscú, mientras el presentador dice “ha recibido una invitación para ir a Rusia y a Yugoslavia, y enfrentarse a los mejores jugadores del mundo en una competición internacional… lo único que ha prevenido a este joven de aceptar esa invitación es la falta de dinero para el transporte, lo cual es comprensible. Creemos que sería una vergüenza que un americano haya de perder por no presentarse”.

Lo dicho, una muestra de cómo fue visto Bobby en aquellos tiempos —como lo que era, un chico de barrio cuyo talento le estaba llevando más lejos de lo que la economía de su familia podía afrontar— y uno de esos momentos que podemos presenciar gracias a inventos como Youtube.

Bobby y Joan Fischer viajaron finalmente a Moscú. Aunque años más adelante Fischer terminó —no por decisión propia— encarnando al bando occidental en la Guerra Fría, convirtiéndose en el principal adversario individual de todo el sistema soviético, su figura siempre fue vista con simpatías en la URSS. Muy especialmente durante sus inicios. En una nación donde el ajedrez era tan popular y sus campeones eran considerados ídolos, un prodigio como Bobby sólo podía despertar curiosidad e interés. El aprecio de los soviéticos hacia el ajedrez podía ser en parte producto de la propaganda, pero era un aprecio sincero y también fue sincero el aprecio que mostraron hacia Bobby. Además, sabían que Fischer había crecido admirando a los ajedrecistas soviéticos y aprendiendo de ellos, estudiando sus libros y repasando sus partidas, así que —deportivamente hablando— los rusos lo consideraban casi como un hijo adoptivo. En Moscú fue recibido con los brazos abiertos, tratado como una verdadera celebridad y agasajado con multitud de oropeles que, todo sea dicho, a Bobby lo aburrían sobremanera. El que le presentaran a asrtistas, estrellas del fútbol o el que lo pretendieran invitar al ballet Bolshoi le fastidiaba bastante. Él sólo quería jugar al ajedrez y conocer a los grandes maestros. Se sintió especialmente molesto porque no le presentaron al entonces campeón mundial Vasili Smyslov. Siendo como era el campeón de los Estados Unidos, no entendió por qué tenía que conocer a tanto futbolista y tanta celebridad, y no al campeón soviético. Pensó que aquello suponía una cierta falta de respeto profesional y, aunque sabemos que era muy susceptible, no le faltaba algo de razón.

De hecho, en cuanto pudo liberarse de compromisos molestos, Bobby se “encerró” en el club de ajedrez de Moscú para jugar partidas rápidas (“blitz”) de la mañana a la noche contra jóvenes promesas rusas, mientras su hermana Joan visitaba museos, acudía al teatro y paseaba por la ciudad. En aquellas jornadas moscovitas, Bobby arrasó sobre el tablero a la flor y nata de los jóvenes jugadores soviéticos. Era tal su superioridad que, aunque se trataba de partidas amistosas, la federación rusa terminó llamando a Tigran Petrosian, un temible jugador de veintinueve años —futuro campeón mundial, nada menos— para que le parase los pies a aquel quinceañero que estaba humillando a las nuevas generaciones del país. El poderoso Petrosian, claro, puso fin a la racha del inexperto Bobby. Aun así, Fischer se las arregló para conseguir ganarle algunas partidas al gran y esperimentado Tigran; el ajedrez rápido o “blitz” siempre fue una de las especialidades de Bobby. Es más; muchos años después, asombró a algunos de sus antiguos contrincantes soviéticos cuando demostró que ¡podía recordar al dedillo varias de aquellas partidas!

En años posteriores, Fischer protagonizaría avinagrados enfrentamientos con los jugadores soviéticos, aunque siempre en el ámbito deportivo. Llegó incluso a acusarlos de manipular ciertas competiciones. Pero en lo personal nunca dejó de mantener buenas relaciones con varios de ellos y siempre fue considerado —no sólo en la URSS sino en el resto del mundillo ajedrecístico— como un heredero espiritual del ajedrez ruso.

El Torneo Interzonal: Fischer entra  definitivamente en la Historia


 Tres campeones mundiales en una sola foto: Bobby con Mikhail Tal
y Tigran Petrosian, dos de los soviéticos que más abiertamente mostraron
su admiración hacia el norteamericano.


Tras su paso por Moscú, Bobby se dirigió a Yugoslavia para disputar el Interzonal. Lo que Fischer iba a encontrar allí no tenía nada que ver con el nivel de la competición norteamericana. En EEUU había varios muy buenos jugadores, pero como hacíamos notar más arriba, sólo Reshevsky había estado verdaderamente entre los punteros del mundo hasta el punto de plantar cara a los soviéticos.

En Portoroz, excepto el campeón mundial Smyslov y su máximo rival, el tres veces campeón Mikhail Botvinnik (ambos se estaban jugando la corona en un match de revancha, porque el primero había destronado al segundo) estaría presente una buena representación de lo mejor del planeta. Empezando por un abrumador cuarteto soviético, encabezado por el nuevo fenómeno de veintidós años Mikhail Tal (el gran artista del tablero, un talento genial quizá comparable al de Fischer y que en un par de años obtendría el título mundial) y los pesos pesados Petrosian, Averbach y Bronstein, además del húngaro Benko y el yugoslavo Gligoric. Junto a ellos, otro buen número de experimentados ajedrecistas de los cinco continentes. El objetivo era quedar clasificado entre los seis primeros de la tabla, para poder participar más adelante en el Torneo de Candidatos, en el que se decidiría quién iba a disputarle el título al que ganase la revancha entre Smyslov y Botvinnik.

Bobby, francamente, había llegado ya todo lo lejos que la lógica dictaba que podía llegar. Ya resultaba suficientemente increíble que hubiese dominado el ajedrez norteamericano a su edad y sin prácticamente experiencia alguna en la alta competición, pero plantarse entre los seis primeros clasificados del Interzonal era una hazaña impensable. No sólo era cuestión de talento, sino de bagaje, de conocer cómo funcionaba un evento similar y de ser capaz de dominar la presión, los nervios, etc. Además, era la primera vez que jugaba un torneo internacional importante, fuera de su país, y siendo —cómo no— el foco de atención (¡un quinceañero en el Interzonal, rodeado de los mejores Grandes Maestros!). Todo aquello, por fuerza, tenía que venírsele encima. Además nadie consideraba que su ajedrez estuviese lo bastante maduro como para hacer frente a los desafíos de este nuevo nivel de competición. Nadie creía en las posibilidades de Bobby. Excepto, una vez más, él mismo.

No debemos pensar que sus esperanzas eran irrealistas. Como diría Kasparov más adelante, Bobby podía tener muchas ideas equivocadas sobre el mundo y sobre la vida, pero ante un tablero de ajedrez, y desde muy joven, era sencillamente clarividente. Él mismo era consciente de la dificultad de la tarea, pero hizo sus cálculos: si conseguía vencer a algunos de los jugadores menos fuertes —a fin de cuentas, ya había batido a algunos maestros norteamericanos— y al mismo tiempo conseguía empates contra varios de los más peligrosos, podría reunir suficiente puntuación como para aspirar a la clasificación. Pero, ¿quién más podía creer en aquel plan? Por mucho talento que tuviese Fischer, y estaba claro que lo tenía, los mejores jugadores del mundo (y muy especialmente los rusos) iban a ocasionarle unas cuantas derrotas. Pues bien: para asombro del mundo del ajedrez en pleno, Fischer obtuvo un resultado de +6-2=12, perdiendo sólo dos partidas (¡consiguió obtener tablas frente a los cuatro Grandes Maestros soviéticos!). En la clasificación final, quedó empatado en el 5º-6º puesto con el islandés Olaffson —uno de los dos únicos jugadores que lograron batirle en el Interzonal— y sólo por detrás de los super-pesos pesados Tal, Gligoric, Benko y Petrosian. Jugadores, periodistas y espectadores estaban atónitos, Como dijo el soviético Averbach: “en la batalla sobre el tablero, este joven —casi un niño— se mostró como un luchador con todas las de la ley, demostrando una asombrosa compostura, un cálculo preciso y unos recursos diabólicos”. Y, aunque parezca mentira, Bobby no quedó contento con aquel quinto puesto. Pensó que podía haber aspirado a más.

De todos modos, con aquel quinto lugar y por improbable que hubiera parecido antes de empezar el torneo, el joven norteamericano quedaba clasificado para el Torneo de Candidatos. Así, Bobby Fischer se convertía en uno de los diez mejores jugadores del mundo y obtenía automáticamente el título de Gran Maestro. Tenía quince años, seis meses y un día; el Gran Maestro más joven que el mundo había visto.

Allí terminaba su infancia ajedrecística y comenzaba una carrera profesional repleta de imprevistos, desplantes, abandonos, polémicas, revuelo mediático y político, un nuevo estilo de ajedrez que maravilló a propios y extraños, y sobre todo un aura de leyenda que —para bien o para mal— lo convirtió en uno de los personajes más emblemáticos del siglo XX. Bobby Fischer es más que ajedrez; es Historia. Y su historia no es cualquier historia. Aún queda mucho que contar sobre él, y lo haremos, sin duda alguna. Hablaremos de su paso (y sus ausencias) por los Torneos de Candidatos, de sus idas y venidas, del modo en que tuvo al mundo en vilo hasta 1972 —año de su coronación— y más allá.

“Bobby es el mejor jugador de ajedrez que este país nunca ha producido. Su memoria para los movimientos, su brillantez para soñar combinaciones, y su fiera determinación por ganar son asombrosas. No sólo predigo su triunfo sobre Botvinnik, sino que iré más allá y afirmo que será probablemente el más grande jugador de ajedrez que jamás haya existido”
(Jack Collins, entrenador de Fischer durante su adolescencia
)
“Mi hermana me compró un tablero en la tienda de caramelos y me enseñó a mover las piezas” (Robert James Fischer)